Mi pequeña, he querido pensar
todos los miserables días de mi vida en ti. Las ojeras se hinchan cada vez más
de aconteceres que ya no existen, esos mismos que se mantienen encerrados por
puro capricho en las esquinas más empolvadas de la mente. Mi pequeña, no he
logrado expresar en su totalidad, todo aquello que se pudo decir cuando el
momento fue el indicado; mi piel ya no puede expresarlo, mis ojos ya no pueden
expresarlo, mis manos, mis dedos, mis uñas, ni aquel abril ya lo puede
expresar. Los recuerdos son vagos, y eso me mantiene despierto la mayoría de
las noches. La gente se apena de sus recuerdos, por mantenerlos vivos; yo no
puedo ya recordarlos, no puedo llenarme de esa melancolía que he querido
nuevamente desenfrascar y bebérmela toda. Mi pequeña, ¿aún guardas algún recuerdo
mío?; puede que no lo hagas, no es necesario hacerlo, sabes bien que eso no
lleva hacia ningún lado. Yo no he podido guardar ninguno de ellos. Los busco
incesante en mi habitación, escrutando cada rincón de ella, en las paredes
donde cuelgo tus cartas, en los cajones donde guardo los libros que olvidaste, inclusive,
en los pequeños azulejos que odiabas en mí habitación; no los encuentro en los
meses que se vienen encima, ni tampoco en cada amanecer que se plaga de
sensaciones que aún no he logrado comprender. Mi pequeña, sabes, he pensado que
este mundo es demasiado pequeño. Las cosas se juntan unas contra otras sin
querer. Ayer mientras caminaba, pude darme cuenta de ello. Miraba por encima de
una banqueta en el parque, un pedazo de papel que moría con la lluvia. Sus letras
se extendían por todo su cuerpo, bañándose en olvido impertinente; aquellas
palabras que nunca supe han quedado en el olvido, apretándose unas contra otras
hasta convertirse en una masa sin forma, en una mancha que choca con el
panorama; me he dado cuenta que todo eso pasó desapercibido para todo el mundo,
y ese mundo pequeño, del que te hablo, se pudo conjugar en los pensamientos
irreconocibles de aquello que alguna vez fue. Tú y yo fuimos, y ahora sólo podemos
ver esa mancha que no encaja en el panorama, volviéndose cada vez más negra y
espesa, y al mundo reducido no le importa eso. Todos se juntan alrededor sin
ver, todos se mezclan entre todos y se convierten en unos ojos que quieren
obviar eso que ya no está y que nunca se sabrá. Mi pequeña, ¿puedo decirte que he
enfermado?, no sé si pueda decírtelo, o deba decírtelo, o simplemente deba
callarlo. He visto como mis manos se arrugan, las he visto decaer
constantemente en un placer que no lleva hacia ningún lado. Mi pequeña, creo
que debo decirlo, he enfermado profundamente. Mi cuerpo ya no es el mismo. Ya
no soy el mismo al hablar, ni tampoco al caminar; he dejado de pasearme por lo
que llamábamos nuestro, y ahora sólo siento un gran vacío en ese lugar; ya no
puedo verme de la misma manera, me he convertido en un egoísta, que no hace más
que hablar de lo que no viví contigo. Mi pequeña, los únicos recuerdos vagos
que he podido rescatar de ti, son los que nunca se dieron. He pensado mucho en
ello, he visitado los lugares donde no debía entrar, y en ellos encontré lo que
quise hacer alguna vez, contigo, con tu alma, con tu cuerpo, con mi pequeña que
ahora no sé dónde está. Los he visto a los ojos, y he temblado de miedo. He
temblado de miedo por no verlos realizarse jamás. He visto la miseria en sus
ojos, sus ansias por vivir no simplemente en mi pensamiento; he visto sus ganas
de estallar y ser palpables, esas ganas que tienen de sentir el aire de la
vida, de morir en un fabuloso recuerdo que no encuentro en ningún lado. Mi
pequeña, he decidido por eso, que no tengo que escribirte nuevamente, aunque
las ansias me carcoman por dentro, aunque mis manos se arruguen más y el mundo se
reduzca a una gota de rocío. No puedo decir que he decidido olvidarte, porque
eso es algo que sé que puedo hacer. Mi pequeña, no sé cómo empezar esta carta
que te escribo, no sé qué decir en ella, no sé si en algún momento la leerás…
